sábado, 18 de abril de 2009

[ Una historia de "pelos" ]

Esta es una pequeña historia de una persona que ha vivido cerca el virus del VIH y perdió muchas amistades a causa de lo mismo. Ojalá les mueva algo.
Sergio y yo fuimos compañeros de banca desde la escuela secundaria, y fue ahí, en nuestra temprana adolescencia, cuando nos identificamos como gente "de ambiente"; en esos días, a mediados de la década de los setenta, el término gay ni siquiera era conocido en México como un adjetivo para referirse a personas homosexuales. Ya en la preparatoria, sumábamos un grupo de cuatro amigos inseparables e identificados por nuestra "tendencia": Álvaro, Jorge, Sergio y yo. Juntos, descubrimos en nuestra ciudad un mundo antes inexistente para nosotros, una constelación de personas, relaciones y lugares que nos daban identidad y nos hacían entender como legítima esa emoción que compartíamos, hasta entonces, en la clandestinidad de nuestra individualidad y complicidad.

Con el paso de los días y las semanas, el grupo de amigos creció y se sumaron compañeros nuevos y muy entrañables, como Víctor, Emilio, Daniel, Alejandro, Enrique, Miguel Ángel, José Antonio, Jaime, Carlos y otros más que incluso hoy permanecen tan cercanos como lo fuimos desde entonces.

Sergio y yo continuamos juntos nuestros estudios de preparatoria y también los universitarios, en la primera mitad de los años ochenta, además de compartir el gusto y la práctica de diversas expresiones artísticas que gozábamos enormemente desarrollar, como la pintura, la fotografía, el teatro y la música. Ello trajo consigo una complicidad muy estrecha que, hay que decirlo, no compartí tan intensamente con ningún otro de mis más amados amigos. Nuestra relación no estuvo exenta de competencia, sí, pero ésta siempre se tradujo en crecimiento y enriquecimiento espiritual, además del reconocimiento y respeto por las capacidades propias de cada uno de nosotros.

Hay que decir que, en cuanto a nuestra vida sexual, Sergio y yo compartíamos también gustos y hábitos, y muchas de nuestras aventuras corrían juntos. A ambos nos gustaban mucho el tipo de chicos que uno podía levantar en la Alameda Central o en la famosísima "esquina mágica" (allá en las calles de Insurgentes y Baja California, y que debía su nombre a que cuando uno pasaba conduciendo por ahí, veía a un chico parado en la esquina; pero al dar la vuelta y buscarle nuevamente, éste ya había desaparecido como "por arte de magia").
En esos años aún eran famosos y funcionaban los Baños Ecuador, en el Centro Histórico, donde se hacían verdaderas bacanales sexuales, orgías que jamás olvidaré, donde nutridos grupos de hombres de todas las razas y clases sociales nos reuníamos para tener, durante horas y horas, sexo en todas las maneras e intensidades imaginables. Sin duda que muchos de los recuerdos más exquisitos de mi temprana vida sexual, acontecieron entre las húmedas paredes de aquellos baños públicos y con los hombres más hermosos (o al menos así me lo parecieron) de los que tenga memoria.

El hábito de ir a los Baños Ecuador a mi se me quitó de sopetón; un mal día adquirí una horrenda gonorrea que se manifestó con una espantosa excreción de pus a través de mi uretra, se me quitó sólo después de tres dolorosas inyecciones de algún antibiótico que me aplicaron en el hospital del papá de Sergio. Después de ese traumático suceso -al menos lo fue para mi-, jamás volví a acompañar a mi amigo a esas orgías apoteósicas en los Baños Ecuador. Y el susto fue mayor cuando ya se comenzaba a escuchar del AIDS, una especie de cáncer que estaba matando a homosexuales en los Estados Unidos.

Definitivamente, el placer del sexo en grupo, las caricias frenéticas, las penetraciones indiferenciadas y las mamadas repetidas hasta perder la noción del tiempo, ya no era una opción que me diera tranquilidad en cuanto a mi vida sexual, así que preferí evitarlo totalmente. En cambio, Sergio continuó yendo frecuentemente a los baños, lo que era muy natural hacer siendo jóvenes con una vida sexual asumida; finalmente, para él, hijo de un médico, el adquirir alguna enfermedad venérea era un riesgo que se debía tomar y para el que -generalmente- había soluciones accesibles. Aunque él trataba de disimularlo frente a mi, su mejor amigo, yo me daba cuenta de que iba bien seguido a los baños, pues fácilmente podía notar que fmuy seguido mi amigo traía el pelo húmedo y sin peinar con la secadora (algo poco usual en él y en esa época). Me sentía temeroso por él, pero era un límite que yo sentía debía respetar.

Por aquellos días -el año de 1983 o 1984- se abrió en la Ciudad de México un nuevo antro llamado La Cantina del Vaquero, ubicado en un local del estacionamiento de una pequeña plaza comercial a lado del Parque Hundido, donde también estaba una discoteca gay de nombre L´Barón (así lo escribían). Recuerdo bien esta cantina porque fue el primer sitio donde obtuve información un poco más específica del "cáncer gay"; era un pequeño letrero escrito a mano y que decía, palabras más, palabras menos: "Cuídate de la nueva enfermedad. No te vengas adentro de nadie ni dejes que se vengan adentro de ti". Así nada más, escueto y simple. Con eso, uno podía inferir que la nueva enfermedad, el AIDS, que además no se podía curar con dos o tres inyecciones de antibióticos sino -por el contrario- te llevaba a la muerte segura, era transmitida a través del esperma. Tal y como lo decía el letrerito hice las cosas en adelante: evité a toda costa tener contacto con el semen de cualquier chico y, desde luego, nunca depositar el propio en el recto o boca de nadie.

Hasta esos días, toda la información con la que contábamos los gays de mi ciudad sólo hablaba de evitar el intercambio de esperma, pero nada más se sabía y sólo ocasionalmente nos enterábamos de las cifras de gays fallecidos en Nueva York, París, San Francisco, Los Ángeles....., pero aún nadie -hasta el momento- fallecía en México por la irrupción de la nueva enfermedad. Consecuentemente, el AIDS (que aún no se le llamaba SIDA) nos parecía algo lejano y que pronto sería frenado por los chingones científicos norteamericanos; era lo lógico en plenos años ochenta, los gringos lo podían todo..., hasta tener un vistoso movimiento de liberación de los homosexuales. Hoy sabemos que no fue ni ha sido aún así, y hablo de ambos casos.
Un poco de esa información que obtuve en aquella cantina, otro poco lo que se escuchaba esporádicamente en las noticias o leía en revistas, y un mucho el miedo y los afortunados enamoramientos que viví en los ochentas, me llevaron a modificar mis conductas sexuales de manera radical. Seguí siendo no monogámico, pero me sentía seguro al saber que mis parejas sexuales eran chicos casados supuestamente heterosexuales, miembros de mi grupo de amigos y de quienes sabía prácticamente todos sus movimientos. Con varios de ellos, tuve relaciones sexuales por más de siete años; yo era un refugio para su emoción homotípica...., y sabía que era el único.


Dos o tres años después, habiendo concluido ya mis estudios de licenciatura, mi amigo Sergio y yo nos entregamos a la euforia de la producción en vídeo y la fotografía. Organizábamos divertidas grabaciones en las casas de los amigos, en su casa o en la mía; producíamos vídeos para grupos de Rock poco conocidos (recuerdo el de Size, con mi amigo y ex-compañero de la escuela primaria, Illy Bleeding o Illy Godzila). También, fue la época en que comenzábamos a buscar nuestra independencia económica de la familia y poníamos ya cada quien su propio espacio, un departamento. Estábamos en una etapa de nuestras vidas realmente buena, productiva, exitosa, solvente; jóvenes en sus "late 20´s" buscando consolidar su seguridad profesional y económica.

Pero sucede que, súbitamente, Sergio comenzó a perder peso, se le inflamaban los ganglios linfáticos del cuello, axilas y púbis, y sus problemas intestinales eran recurrentes y hasta invalidantes; su salud se deterioraba fácilmente a la menor provocación y no parecía haber una razón lógica que lo explicara. Sus amigos comenzamos a sospechar lo peor y, de inmediato, tratamos -sin éxito- de animar a nuestro amigo para hacerse un check-up general. Nunca accedió. Creo que él sabía bien de qué se estaba tratando ese proceso. No fue sino hasta finales de 1987 cuando la salud de Sergio empeoró seriamente. Sus amigos, francamente alarmados por nuestras certezas de que se tratara de un caso real de SIDA (los síntomas se apegaban a la información que ya comenzábamos a conocer bien en México), le informamos a su madre la situación y ésta, como un ángel del cielo, lo sacó de su departamento, lo llevó para su casa y de inmediato lo internó en el hospital de Nutrición. Ahí se confirmaron nuestras sospechas; nuestro amado amigo Sergio estaba infectado con el virus del SIDA y sus días estaban contados. Recuerdo aún al joven médico que nos dio la terrible noticia, afuera de aquella habitación que ocupaba Sergio, en ese frío pasillo de pisos blancos, olor a alcohol y apresuradas enfermeras yendo y viniendo. Recuerdo también la actitud de su madre, enfrentando aquel difícil diagnóstico y llenándose de fuerzas para superar el reto de ayudar a su hijo a sobrevivir cualquiera de los muchos pronósticos adversos que salían y salían de la boca del doctor. Sus fuerzas de madre no le bastaron, ni a ella ni a mi amigo.
Sergio salió del hospital esa y otras dos veces; experimentaba recuperaciones casi milagrosas, sólo para enfrentar peores situaciones a las pocas semanas de su alta. Primero, cuando logró controlar el deterioro causado por los parásitos intestinales y hepáticos, las severas diarreas, fiebres y dolores de cabeza, al poco tiempo, en una linda mañana llena de sol, despertó con la mitad del cuerpo "entumido", víctima de un derrame cerebral que le dejó hemipléjico (con la mitad de su cuerpo inmóvil) para el resto de su vida. Mi amigo hizo un enorme esfuerzo por superar esa situación, y se movía de un lado a otro en su camioneta ignorando que literalmente arrastraba medio cuerpo. Después, vino el diagnóstico de una toxoplasmosis que le estaba destruyendo tejidos en órganos y músculos de su cuerpo, para lo que tenía que permanecer conectado a un suero por más de tres horas diarias. Recuerdo el olor a ajo que despedía su cuerpo por esos días, a causa del medicamento que recibía para combatir a esta nueva y agresiva infección. Poco a poco vinieron nuevos problemas con su vista, con su condición pulmonar y su estado general de salud, hasta que no pudo ya levantarse de la cama y finalmente murió (el 16 de febrero del 1990).

No acabábamos de llorar la muerte de Sergio, cuando supimos que Álvaro y su pareja estaban también infectados con el VIH; mi amado amigo, compañero de juegos y vecino de la colonia, supo de mi boca que estaba infectado cuando salimos del laboratorio del Hospital Metropolitano y abrí ansioso el sobre para conocer sus resultados, que tenía la certeza serían buenas noticias. "Positivo"...., no lo podía creer...., tuve que echar una segunda mirada a aquel papel. Álvaro quedó devastado, engarrotado en la puerta principal del nosocomio. Cinco años después, Álvaro perdía la vista rápidamente y por completo, pues un agresivo virus consumía a dentelladas partes de su cerebro, hasta que -después de una etapa de terrible ansiedad y pérdida de la razón- sus funciones vitales se fueron desconectando una tras otra. Me avisaron de su muerte -el 28 de abril de 1995- mientras estaba en mi trabajo; no fue sino hasta que concluyó aquella larga jornada parlamentaria cuando pude irme a reunir con su familia y con nuestros amigos.
Víctor, por su parte, comenzó la misma pesadilla con un súbito desmayo en el súper, en la Comercial Mexicana de la Costera Miguel Alemán, en Acapulco. Estuvo inconsciente por dos o tres horas ahí, recostado sobre los tapetes de la tienda y acompañado de nuestro querido Jaime Vite. Los estudios médicos dieron el resultado nefasto, pasó unos meses negros durante los que vio deteriorarse su salud, su gran corpulencia y su singular belleza, y poco más tarde murió en la Ciudad de México, en casa de sus padres, después de una serie de dolorosas y denigrantes enfermedades Y digo denigrantes, porque es terrible ver cómo seres tan cabales sucumben de forma tan indigna ante la abusiva enfermedad del SIDA.
Un año después, derrotado por la tristeza de la muerte de Álvaro, el amor de su vida, Daniel perdió rápida y definitivamente la salud, con fuertes problemas intestinales, pérdida de peso, ataques nerviosos y convulsivos, y finalmente murió, al segundo día de haber sido hospitalizado. Casualmente, su familia depositó sus cenizas justamente en la misma iglesia en la que están los restos de su gran amor: Álvaro. Fue casual el enterarme de su muerte, pues siendo su familia extremadamente católica, escondieron a Daniel, a su enfermedad y su misma muerte hasta donde pudieron. Fue cuando pasaba yo en mi bicicleta frente a la casa de Daniel, en la colonia Condesa, cuando me di cuenta de que estaban vaciándola su hermano (corresponsal en el Vaticano de cierta televisora, por cierto) y su recatada y joven esposa. En la calle, me acerqué a ella para preguntarle por mi amigo, y me dijo que acababa de fallecer y que esa noche habría una misa en su memoria; pero la elegante dama también me pidió no comunicar la noticia a nadie, a pesar de que Daniel había dejado una lista de amigos a los que deseaba se les diera aviso de su fallecimiento. Fui el único de sus amigos presente esa noche en la iglesia.

Más recientemente, Jaime se fue de nuestro lado, consumido por esa vorágine de fallas sistémicas, lamentos doloroso y deterioro irrefrenable que trae consigo el SIDA; ya al final, problemas derivados del citomegalovirus estuvieron aquejándole por meses y meses, pérdida parcial de la vista y finalmente daños hepáticos, quizás causados por el Sarcoma de Kaposi, lo llevaron a una hospitalización de emergencia de la que ya no pudo salir.
En fin, de aquel grupo de amigos que nos conocimos desde la época de la escuela secundaria, en nuestra temprana adolescencia, más de la mitad fallecieron ya y algunos más viven hoy con el VIH en su sangre, esclavizados por el resto de sus días a ingerir un rosario de medicamentos y a ajustarse a prohibiciones y limitaciones que, como no lo era antes, atentan directamente en contra de sus vidas. Pasan días buenos, otros realmente fatales, pero por fortuna aquí los tengo aún..., ¿hasta cuándo? Muchas historias más se han tejido desde la década de los ochenta y hasta la fecha, con personas a las que tuvimos cerca y que constituían parte del entorno en el que crecimos, del mundo que hemos conocido. Así de repente se van, desaparecen de nuestra historia de vida y para nunca jamás. Son tantos los muertos que prefiero no intentar aquí elaborar una lista de sus nombres, que en mis notas y diarios personales sí lo he hecho, pero debo decir que tengo la certeza de que así debieron sentirse los sobrevivientes de las guerras mundiales en Europa, del Holocausto o de fenómenos naturales devastadores (como en Tailandia, Indonesia o la India). De un momento a otro, así como así, muchas de las personas con las que te encontrabas en el antro, en las fiestas, en eventos o reuniones de amigos, desaparecen arrebatadas por la muerte para siempre y no las vuelves a ver jamás; sólo permanecen sus historias, su pálida imagen en tu memoria....., pero nada más.

3 comentarios:

Cecilio dijo...

La enfermedad y los acentos que se le dan al hablar de ella son trágicos de verdad a veces repulsivos, pero me pareció interesante el ejercicio que hicieron unas compañeras de la Universidad que estudian pedagogía.

A un grupo de niños de 8 años de una región B de la ciudad, le hablaron sobre qué es el VIH y la diferencia que hay con el SIDA.

Tres semanas de charlas se les llevó con personas que padecían la enfermedad y bajo el termino "enfermedad crónico degenerativa" al igual que la diabetes y el cáncer, explicaron que el VIH o el SIDA necesitan tratamientos específicos para controlarla y las personas que la adquieren no son monstruos ni nada, sencillamente están enfermos.

Con otro grupo de secundaria de la misma zona de la ciudad, los jovenes tenían prejuicios y no se acercaban a los enfermos a diferencia de los niños de 8 años que convivían con ellos y tenían contácto físico normal.

Me parece que gran parte de la cura está en la sociedad y su pensar colectivo.

New Sensation dijo...

Sabes que es lo que da tristeza, que tildan al SIDA como el karma de los homosexuales, sin casi mencionar que la "comunidad heterosexual" es tan o más promiscua que la comunidad homosexual, digo, al fin y al cabo somos humanos y los errores y descuidos los cometemos todos por igual.
Lamentablemente, esta enfermedad se está llevando no solo a amigos, sino a familiares e incluso, algunos de los que recién llegan a este mundo ya vienen "marcados".

Anónimo dijo...

EL SIDA SIEMPRE ES UN TEMA QUE EVITO VER LEER OIR HABLAR.
SE QUE ESTA MAL PERO LE TENGO UN PANICO COMO NO TIENES IDEA TODO GRACIAS A UNA EXPOSICION HORRIBLE KE NOS DIERON UNOS DOCTORES DE ENFERMOS DE SIDA EN LA PREPA, SIN NADA DE TACTO, TAN GRAFICA, ME ACUERDO Y SIENTO KE NO LO SUPERO. DESDE ENTONCES CREO KE A LA IDEA DEL SEXO LE TENGO MUCHO MIEDO. Y A PESAR DE COMO SOY DE OCICON, LA VERDAD ESKE PREFIERO TOMAR MUCHAS RESERVAS PERO MUCHAS ANTES DE TENER SEXO.
EN ALGUN PUNTO HE PENSADO KE NECESITO RELAJARME EN CUANTO A ESAS IDEAS, PERO LA VD ES KE NO CEDO, PUEDE MAS MI MIEDO KE CUALKIER OTRA COSA, Y PREFIERO MI VIDA A UN MOMENTO DE PASION



RAZIEL.